Al alzar la vista vio una docena de condenados atados con
cadenas custodiados por cuatro hombres armados, dos de ellos a caballo, que se
dirigían a servir al rey en las galeras, forzados, castigados por sus delitos.
El caballero empezó a preguntar uno por uno sus pecados y los años que estarían
en las gurapas.
El primero le contestó que por amar, por amar a un objeto
que robó.
El segundo por músico y cantor, es decir, por confesar que
era un ladrón de bestias.
El tercero por no tener diez ducados con los que pagar la
condena.
El cuarto estaba llorando y un compañero suyo explicó que
estaba allí por alcahuete y hechicero. Lo de alcahuete Quijote se lo tomó bien,
pero con lo de hechicero, le dijo que esos años en gurapas se los tenía
merecidos. El viejecillo se culpó por ser alcahuete aunque pensaba que no era
nada malo, pero que lo de ser hechicero fue sin querer. Después volvió a
llorar.
El siguiente comentó que fue condenado por burlarse
demasiado de dos primas y otras dos no primas.
El sexto, estaba mucho más atado que los demás. Era un pillo
que había escrito un libro donde había escrito su vida, llamado Ginés de
Pasamonte. Éste estaba llevando la contraria varias veces a un comisario y éste
le iba a dar un porrazo cuando Don Quijote se puso por en medio y evitó el
impacto.
Don Quijote viendo que habían sido injustamente castigados y
forzados en contra de sus voluntades, los liberó atacando a los guardas.
Durante el revuelo, se libraron los presos de la cadena y ayudaron a que se
completase el motín. Don Quijote, una vez liberados los presos, les ordenó a
cambio de que les hubiese dado la libertad, que fuesen a visitar a Dulcinea del
Toboso y que les explicasen esa gran aventura. Los presos se negaron y Don
Quijote entró en cólera. Los condenados, se pusieron de acuerdo y apedrearon al
caballero, a su escudero y a los dos animales que llevaban. Después despojaron
a Sancho y robaron objetos al hidalgo.
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